• De los orígenes a la Edad Media
  • Siglos XVI, XVII y XVIII
  • Siglos XIX y XX
  • El término municipal de de Rascafría es uno de los de mayor superficie de la Comunidad de Madrid, y en cambio es de los que presenta menor densidad en cuanto a yacimientos arqueológicos se refiere. No obstante, cabe la posibilidad de que existan asentamientos paleolíticos que aún no hayan sido detectados en los depósitos cuaternarios del Lozoya y arroyos subsidiarios.

    Los dos únicos yacimientos catalogados hasta el momento son los núcleos medievales de Rascafría y Oteruelo.

    El origen de estos dos asentamientos es común para ambos; se remonta a la Edad Media y se encuentra ligado a la repoblación de la Sierra llevada a cabo por cuadrillas segovianas.

    Este territorio que formaba parte del reino de Toledo se encontraba despoblado, por lo que los concejos podían disponer libremente de él, llegando incluso a anexionárselo con el beneplácito del rey, vinculándose así al sistema defensivo del Reino, al adquirir el derecho de repoblación de las tierras ocupadas a cambio de desempeñar ciertos deberes militares. La consecuencia inmediata de estas obligaciones militares fue la expansión ganadera del concejo segoviano, lo que a su vez dio lugar a la necesidad por parte de éste de ampliar sus tierras en la zona de la transierra.

    El largo litigio mantenido entre el mencionado concejo y el madrileño por las tierras del Real de Manzanares, hace que los segovianos dirijan su afán repoblador a los territorios no comprendidos en esa demarcación. En consecuencia, los territorios repoblados por este concejo fueron numerosos, llevándose a cabo esta labor mediante cartas pueblas y ordenanzas para repoblar los alijares concejiles hasta el Alberche y el Tajo, dividiéndose a tal efecto el Alto Valle del Lozoya en cuatro cuadrillas: Rascafría, Oteruelo, Alameda y Pinilla; en dicho documento se obliga también a todos los que adquirieran quiñón en el Valle, a edificar una casa y a tener caballo propio, encontrándose aquí el origen de estas cuatro poblaciones. Tanto Rascafría como Oteruelo quedan incluidos en el sexmo de Lozoya, junto con Alameda, Pinilla, Lozoya, Canencia, Bustarviejo y Navalafuente.

    A partir de este momento son pocos los datos conocidos hasta que en 1442 se otorga escritura de venta de la población y término de Rascafría por los caballeros quiñones de la ciudad de Segovia, lo que dio lugar a un pleito con El Paular sobre la propiedad del término.

    También del siglo XIV data la fundación de la Cartuja de El Paular, situada a 2 Km. de Rascafría, al pie del macizo de Peñalara, a escasa distancia del río Lozoya, entre bosques de pinos y robles y rodeada de altas montañas. En cuanto a su fundación existen varias teorías, como la de Enrique II, que acuciado por los remordimientos que le causaba el haber incendiado un convento de cartujos en sus campañas en Francia, encomienda en su lecho de muerte a su hijo Juan I la fundación en sus reinos de un convento de dicha orden. No obstante, lo más probable es que las reales motivaciones fundacionales de El Paular se inscribieran en el marco del movimiento reformista acunado en la corte de Juan I de Castilla, y que tomó cuerpo legal en las Constituciones promulgadas en las Cortes de Palencia, por el legado papal, el cardenal español Don Pedro de Luna

    Para su fundación se examinaron algunos lugares del entorno, se juzgó el más apropiado «un valle, cuatro leguas del oriente de nuestra ciudad (Segovia), entre las Sierras de Peñalara y la Morcuera, en una ermita nombrada Nuestra Sra. del Poblar», en donde el rey poseía unos palacios que usaba como pabellones de caza.

    El 29 de agosto de 1390, en presencia de Fray Lope Martínez y Juan Martínez del Castillo, Canciller del sello, el rey declaró el lugar y sitio en donde debía levantarse el monasterio, donando a la orden Cartuja para este fin, «por juro de heredad para siempre jamás», los palacios con todas las pertenencias y el río desde su nacimiento hasta la aldea de Pinilla, haciendo escritura pública de esta donación; asigna además la cantidad de 20.000 ducados para el comienzo de las obras y dota la fundación con todas las rentas de las tierras de las villas y lugares del arciprestazgo y aldeas del valle de Lozoya.

    Días después la orden cartuja toma posesión de los palacios y se comienzan a abrir las zanjas para el nuevo edificio; A los pocos meses muere Juan I en Alcalá de Henares, sucediéndole su hijo Enrique III, el cual tras la visita de D. Lope pidiendo que se continuaran las obras, confirma todos los privilegios otorgados por su padre a los cartujos, dándoles además la cantidad de 16.000 maravedíes por cada año para las obras.

    Por otra parte, el papa Clemente VII concede al monasterio las tercias del arciprestazgo de Uceda y las aldeas del sexmo de Lozoya, y 16.000 maravedíes sobre las tercias de Talamanca.

    En septiembre de 1391 se constituye la nueva comunidad, formada por cinco hermanos cartujos enviados desde Scala Dei: Juan Carrillo, Juan Medina, D. Diego, D. Alfonso y dos hermanos conversos, ocupando el cargo de prior D. Lope Martínez.

    Hacia el mes de junio de 1392 se realizaron las zanjas para la edificación del claustro y las celdas, usándose como templo la antigua ermita de Santa María del Poblar.

    Un año después, Enrique III le renueva al convento todas las gracias y mercedes concedidas y le otorga nuevos privilegios. En uno de ellos se dice que autorizaba a la cartuja a cortar y utilizar la madera necesaria para las obras del monasterio, casas, molinos, etc. sin pagar ningún tributo. De la misma forma se les concede a los poseedores de ganado los pastos y las aguas del término

    Por estas fechas las posesiones de la Cartuja debían de ser ya considerables; en 1396 la comunidad compra a Martín Fernández, vecino de Alameda, un molino, situado muy cerca del Monasterio, con el fin de facilitar la madera necesaria para las obras; asimismo, el monarca, preocupado por el curso de los trabajos, les permitió a los cartujos que hicieran hornos de cal, teja y ladrillo.

    Muerto el rey a finales de 1406, le sucede su hijo de dos años bajo la tutela de su madre Dña. Catalina y su tío el infante D. Fernando, los cuales les confirman a los cartujos los privilegios adquiridos, a pesar de lo cual las obras se realizan con enorme lentitud, hasta que en 1419 Juan II adquiere la mayoría de edad y asegura a la orden los privilegios y rentas, reemprendiéndose las obras con nuevo ímpetu.

    En 1439 el monarca dona a la Cartuja el lugar del Regajo de Navalpozuelo para que se construyera en él un estanque en el que pudieran criar truchas y demás pescados de agua dulce para alimento de la comunidad.

    Al subir al trono Enrique IV, no sólo reafirma los antiguos privilegios otorgados a la Orden sino que les concede otros nuevos; era tal su devoción por el centro que llegó a pasar en él largas temporadas. Los Reyes Católicos cierran la etapa medieval con la misma política de concesiones de sus antecesores, ya que, además de confirmarle a la Cartuja todos los antiguos favores, le otorgan otros nuevos tal es la propiedad de toda la pesca de los arroyos que existen desde el Monasterio hasta el nacimiento del Lozoya. Durante estos años fueron numerosas las propiedades anexionadas al cenobio mediante donaciones «post mortem» realizadas por fieles agradecidos a la Orden, como es el caso de la efectuada en 1393 por Pero Fernández de Castro, noble caballero de Madrid, respecto a sus posesiones en Getafe; pero aún siendo importantes las adquisiciones conseguidas por los cartujos por este medio, mayores beneficios les reportaron los censos pagados por los pueblos del Valle.

    A partir de 1413 la Comunidad comienza a acumular propiedades fuera del valle, primero, comprando en Talamanca «la tabla de pesquería del río Jarama», que iba «desde San Román hasta la presa de Valdetorres», y más tarde adquiriendo por compra o herencia, también en esa villa, numerosos terrenos, para cuya administración acabarían fundando en el lugar una granja.

    Al finalizar el siglo XV, las obras del monasterio se encontraban prácticamente acabadas, habiendo alcanzado en ese momento el mayor apogeo económico de su historia.

  • Desde el mismo momento de la fundación de la Cartuja, la historia del Valle en general, y la de los núcleos de su entorno inmediato en particular, corre paralela a la propia historia del Monasterio de El Paular, dependiendo de éste en prácticamente todos los órdenes de la vida. Tal vez esta dependencia se vea aún más acusada en el caso de Rascafría, debido a su mayor proximidad geográfica, lo que hace que esta villa sea la que guarde con el Monasterio una relación más intensa a lo largo de los siglos, si bien el peso ejercido por aquel en toda la comarca, es tal que se puede afirmar que toda la economía de la zona gira exclusivamente en tomo a él.

    En esta época, tanto Rascafría como Oteruelo eran lugares de realengo, pertenecientes a la Comunidad y Tierra de Segovia, a cuya jurisdicción estaban sujetos, pagando a la Corona todas las contribuciones establecidas excepto «las alcabalas y primero y segundo por ciento que se satisfacía al Paular».

    Son pocos los datos habidos correspondientes a los núcleos de Rascafría y Oteruelo en los siglos XVI y XVII, ya que faltan las Relaciones Topográficas ordenadas por Felipe II, fuente fundamental para conocer las principales referencias históricas de la primera de estas centurias, aunque existen en cambio numerosos documentos que reflejan todas las actividades emprendidas por la Cartuja a lo largo de su historia, lo cual proporciona importante información sobre los municipios del Valle, fundamentalmente sobre Rascafría, ya que estas acciones afectan profundamente a la economía y desarrollo demográfico de la zona, y sobre todo al núcleo de Rascafría.

    Entre los datos que se disponen hay que destacar que en 1593 el municipio de Rascafría, tras dos pleitos sostenidos con la Cartuja por la división del término, al haber sido éste vendido por los quiñones, tiene que pagar a El Paular más de 70.000 reales.

    Los únicos edificios singulares conservados pertenecientes al XVI son la Iglesia Parroquial de San Andrés, reconstruida en 1952 por Regiones Devastadas, y la Casona, edificada con probabilidad a principios de la centuria, aunque en la actualidad aparece muy transformada por las distintas intervenciones que ha soportado a lo largo de los años.

    Al comenzar el siglo XVIII Rascafría, que seguía siendo lugar de realengo, poseía dos alcaldes dotados de funciones políticas y judiciales, con competencia para ver las causas en las que no existieran delitos de sangre y estando los vecinos, por otra parte, obligados a colaborar con ellos en la captura de los delincuentes

    Respecto al desarrollo demográfico, el municipio no experimenta apenas variación a lo largo de toda la centuria, ya que el número de vecinos recogido en el Catastro del Marqués de la Ensenada en 1751 es de 206, los cuales habitaban en 183 casas bajas, existiendo además de estas viviendas otras tres arruinadas situadas en el casco urbano, ya que al parecer no había ningún otro núcleo habitado fuera de éste.

    Hacia 1782, al cumplimentar el cuestionario enviado por el Cardenal Lorenzana, el censo recogido es prácticamente el mismo, ya que sólo varía en seis vecinos respecto a los existentes a mediados de la centuria.

    Por otra parte, las Ordenanzas Municipales de 1785 establecen unas estrictas normas de vecindad; por este documento se sabe que para ser vecino de Rascafría había que haber residido en la villa al menos durante diez años y haber pagado «las penas» de adquisición de vecindad, además de haber acreditado su condición de «persona buena», justificando también su lugar de origen y la razón por la cual se pretendía establecer en el pueblo.

    El artículo 63 de la mencionada Ordenanza especifica que ningún vecino del lugar podía acoger en su casa a un forastero sin que el concejo diese su licencia, penándose este hecho con una multa de 400 maravedíes por día de alojamiento y el encarcelamiento del forastero hasta que se averiguara quien era y por qué razón deseaba permanecer en la villa.

    Estas disposiciones, en principio, están motivadas, al parecer, por el elevado número de gentes de todo tipo, incluso muchos huidos de la justicia, llegadas al Monasterio por múltiples razones, generalmente económicas, las cuales se hospedaban la mayoría de las veces en el pueblo y que en no pocas ocasiones habían causado graves perjuicios a la villa.

    La economía del término estaba centrada en la ganadería, fundamentalmente lanar, si bien se hallaban censadas también algunas cabezas de ganado vacuno y caballar. Los numerosos prados en donde pastaban los ganados se complementaban con algunos cultivos de regadío, frutales y algo de trigo, centeno y lino.

    No obstante, los graves daños que ocasionaban a los cultivos los animales del cazadero de los Reales Bosques de Valsaín iban empobreciendo a los habitantes, por lo que poco a poco fueron dedicándose al negocio de la madera transportando a la Corte los productos de la tala.

    La industria se reducía exclusivamente a dos molinos harineros y una tejera, cuyo arrendatario solicitó en 1788 la construcción de dos hornos nuevos con los que poder abastecer la demanda del municipio; el comercio, por su parte, lo constituían una taberna, una carnicería y un mesón.

    Poseía, asimismo, la villa un hospital, dotado con 200 reales, en donde se recogía a «los pobres transeúntes», a los cuales se les entregaba ropa, comida y limosnas, siendo costeados todos estos gastos por algún vecino más o menos acomodado o por la cartuja de El Paular. En él se procuraba también curar a los enfermos, contando para tal fin con un médico y dos cirujanos. Al parecer el pueblo era, sin embargo, uno de los más sanos del Valle, aunque se daban algunos casos de fiebres «tercianas y cuartanas» a causa de la poca higiene observada por los vecinos al abastecerse del arroyo Artiñuelo.

    El caserío, que formaba un núcleo escasamente organizado en tomo al eje del arroyo, estaba construido a base de bloques de granito trabado con mortero de cal y arena y cubierto con teja curva, conservándose algunas edificaciones interesantes de esta época, como la situada en la Plaza de la Constitución, fechada en 1726 y en la que quizá se instalaba entonces la Casa de Postas. Asimismo hay que destacar la ermita de la Virgen de la Peña construida entre 1701 y 1720 a 200 m del Monasterio, en el sitio que según la tradición tuvo lugar la aparición de la Virgen a un cartujo de El Paular en el siglo XV; dedicada en 1720 a la Virgen de la Peña, fue destruida durante la Guerra Civil de 1936 y reconstruida después por los propietarios de la finca en que se ubica. En ella se veneraba una imagen de la Virgen, siendo durante mucho tiempo centro de una romería que tenía lugar el 29 de abril de cada año y a la que acudía mucha gente de todo el Valle, al parecer, dejó de celebrarse en los primeros años de este siglo.
    En cuanto al núcleo de Oteruelo, al igual que Rascafría, seguía siendo lugar de realengo perteneciente a la jurisdicción de Segovia, con alcalde pedáneo y pagando al reino y a la Cartuja las contribuciones establecidas.

    A mediados de siglo contaba con 49 vecinos, todos asentados en el núcleo urbano, ya que al igual que en Rascafría no existía ninguna casa de campo ni alquería. Las viviendas censadas eran sesenta y cuatro casas, todas bajas excepto una, a las que habría que sumar otras seis arruinadas.

    Las Descripciones de Lorenzana, unos años más tarde, en 1782, informan de que el número de vecinos era cincuenta y siete, añadiendo que nacían nueve personas y morían diez, a pesar de lo cual el núcleo no sólo no se había despoblado sino que seguía creciendo.

    La principal actividad de estas gentes, como en el resto del Valle, era la ganadería lanar, a la que habría que añadir algunas cabezas de vacuno, caballar y de cerda; esta ocupación se complementaba con algo de agricultura, fundamentalmente hortalizas, frutales, trigo, centeno y lino. La industria se reducía a un molino harinero de una sola piedra, situado en las inmediaciones del casco urbano, junto al río Lozoya, y el cual era propiedad de la Cartuja de El Paular; la actividad comercial estaba representada por una taberna, una carnicería, una abacería, una panadería y un tejedor de lino. También hay que señalar la existencia de un maestro de primeras letras, un herrero y un cirujano. Respecto a la salubridad del lugar, las tantas veces citadas Descripciones del Cardenal Lorenzana dicen que se padecen en el lugar, fiebres intermitentes, aunque no son peligrosas.

    Pocas noticias se tienen respecto al desarrollo urbano y el caserío, aunque con seguridad puede afirmarse que éste ya se encontraba consolidado presentando las características actuales, es decir, una disposición caprichosa de la edificación y una trama urbana irregular; las viviendas, construidas de granito, se agruparían mezcladas con las dependencias auxiliares agropecuarias.

    Son escasos los ejemplos de estas construcciones que han pervivido hasta la actualidad, y de ellos habría que destacar alguno aislado entre las viviendas que se distribuyen por el casco urbano, si bien la mayoría pertenecen a los siglos XIX y XX. A este periodo se adscribe también el edificio más singular de Oteruelo, la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz, muy deteriorada en la Guerra Civil de 1936 y reconstruida en 1944 por el arquitecto de Regiones Devastadas, Rodolfo García-Pablos; en esta restauración se respetan el muro perimetral y la espadaña, sustituyendo los antiguos pies derechos de madera por unos machones de fábrica que recogen la carga de las cubiertas; asimismo se repara la sacristía y se hace un despacho parroquial, proyectándose igualmente un coro en el último tramo de la nave y practicándose un nuevo acceso en la fachada principal.

    Los primeros años del XVI representan para El Paular la continuación del esplendor económico alcanzado a finales de la anterior centuria. Los reyes siguen protegiendo al cenobio y otorgándole numerosas mercedes; así, Doña Juana La Loca le concede nuevos privilegios sobre el uso de pastos y la leña y Carlos V, gran amigo de la Cartuja, en donde solía pasar largas temporadas sujeto de buen grado a la regla monástica, le otorga también numerosos privilegios. Pero la protección real dispensada al Monasterio desde el momento de su fundación comienza a declinar con la construcción por Felipe II del Monasterio de El Escorial, a pesar de lo cual, por estos años la cartuja ya se había convertido en una gran empresa económica, hasta el punto que se la ha llegado a denominar el ministerio de Hacienda de los cartujos. Sus ganados eran numerosos, a mediados del XVI, 30.000 cabezas, y sus relaciones comerciales se extendían por todo el territorio, siendo la consecuencia de este auge económico la participación, ya en el siglo XV, en la fundación de otras cartujas, y en el XVI, en 1515, la fundación exclusivamente a sus expensas de la de Granada. A partir del siglo XVII poseen también un hospital en Madrid, situado en la calle de Alcalá, destinado a albergar a quienes visitaban la Corte.

    En 1656 El Paular adquiere la jurisdicción y señorío de Rascafría, Oteruelo, Alameda y Pinilla, al ser enajenados estos lugares por carecer de recursos el erario público, aunque esta situación de dependencia del monasterio duró poco tiempo, ya que en 1665 son compradas estas villas por la ciudad de Segovia, quedando bajo su jurisdicción a partir de ese momento.

    Al comenzar el siglo XVIII el término que poseía la Cartuja se extendía «de oriente a poniente como media legua y de norte a sur lo mismo, siendo su circunferencia de dos leguas».

    Del poder que en esta época gozaba el Monasterio nos da idea un hecho de gran trascendencia para la cartuja española, al que no fueron ajenos los monjes de El Paular: la independencia de ésta de la Gran Chartreuse, con lo que culminaba una larga serie de intentos iniciada en el siglo XVI, cuando en 1577, la Congregación Nacional de Cartujos Españoles, reunida en El Paular, elige como vicario general al prior de este convento, Dom Juan de la Parra, que murió a los pocos meses sin que se hubiera consolidado la sucesión monástica; a partir de este momento volvió a intentarse la separación de la casa madre, sin lograrlo hasta que en 1789, a petición de Carlos III, se elige como vicario general de la Congregación Autónoma de España, reunida en El Paular, al prior de esta casa Dom Antonio Marino, permaneciendo desde ese momento independiente hasta la extinción de las Ordenes regulares en1835.

    La población existente en los dominios de El Paular era de treinta y tres monjes, «veintidós legos y seis donados», existiendo además del núcleo del monasterio, propiamente dicho, cuatro casas bajas, en las que residían los criados y siendo, además, «todos los individuos del término comensales del referido Monasterio». Se contaba en el convento con un arriero, un guardia administrador del término, un panadero con cinco ayudantes, un enfermero, un portero, un ayudante de bodega, un criado de la hospedería y un escribano, un «fontanero cantero», un cocinero con tres ayudantes y dos aprendices y veintiocho oficiales y cinco aprendices en el molino de papel.

    Amén de todos estos empleados, la Cartuja contaba con numerosos jornaleros que cultivaban las hortalizas y cuidaban los cuantiosos rebaños.

    Pertenecían también a los monjes un molino harinero y una fábrica de papel que producía 14.300 reales al año; se trata del molino comprado por la comunidad en 1396 para preparar la madera necesaria en las obras que se ejecutaban en la Cartuja, situado a escasa distancia de ésta, en la finca de «Los Batanes», propiedad también de la orden, y que ya en el siglo XVI lo encontramos dedicado a la fabricación de papel, como se desprende de un privilegio otorgado por Doña Juana La Loca. En 1625 sufre un devastador incendio por lo que Felipe IV le concede el privilegio de no pagar alcabalas. A esta actividad habría que añadir, en cuanto a la industria se refiere, dos sierras de agua para tabla, una tejera, una calera y un estanque de nieve.

    Al finalizar el siglo, las posesiones acumuladas dentro y fuera del valle eran considerables; eran dueños de dehesas en Extremadura, tierras e inmuebles en Andalucía e intereses bancarios en León y Asturias.

    A los numerosos censos cobrados a los pueblos del Valle había que sumar las antiguas posesiones de Getafe, Talamanca y Galapagar, así como la propiedad de dos hospitales, el ya citado de Madrid y otro en Segovia.

    Por otra parte, las relaciones comerciales de la Cartuja se incrementan, sobrepasando incluso los límites del Estado, como lo atestigua una carta de 1781 de la que se desprende la existencia de tratos comerciales con Bayona para comprar telas; en los que servía de intermediaria la Cartuja de Miraflores. Se comprueba asimismo por este documento que este tipo de relaciones comerciales eran frecuentes. También se tiene constancia de la labor de intermediario mantenida por El Paular con la citada Cartuja de Miraflores para comprar atún en Alicante.

    Respecto a las construcciones llevadas a cabo en este periodo y que aún se conservan, al margen de las obras realizadas en el propio monasterio, pueden reseñarse la casa de la Madera y los puentes de El Perdón, sobre el Lozoya, dentro de la finca de Los Batanes, en el camino que llevaba al molino de papel, y el de la Reina, con el que se salvaba el arroyo de Santa María y se podía acceder con comodidad a la ya mencionada casa de la Madera, situada junto a las tapias de la Cartuja; así como y el puente de Ntra. Sra. de la Peña, construido en 1735 como se deduce de las cuentas de Procuración y que en 1915 se encontraba en ruinas.

    Finalmente hay que mencionar en esta centuria la existencia de un «término privativo» denominado «Cerveza del yerro», correspondiente a la Cartuja, y del que conocemos algunos datos por el Catastro del Marqués de la Ensenada.

    Según este documento, el término se extendía de «oriente a poniente como media legua y de norte a sur tres cuartos, siendo su circunferencia de dos leguas y media»; el cual limitaba por el este, sur y oeste con los alijares de Segovia y por el norte con el término de Rascafría.

    Estaba regido por un alcalde nombrado por El Paular, y su producción se limitaba a la agricultura de secano a la que había que añadir el aprovechamiento de monte de pino y roble; además poseía abundantes pastos que eran comunes para los ganados de todos los sexmos; la leña en cambio era fundamentalmente para uso del Monasterio, aunque éste debía proporcionar a todos los vecinos del sexmo de Lozoya la madera de pino que necesitaran para calentarse y la construcción de sus casas, iglesias y ermitas.

  • Tras la reestructuración provincial realizada en 1833, tanto Rascafría como Oteruelo, que hasta ese momento habían pertenecido a la jurisdicción de Segovia, pasan a formar parte de la provincia de Madrid.

    Durante la primera mitad del XIX la población de Rascafría permanece prácticamente estabilizada ya que en 1827 se registran 134 vecinos (400 habitantes) y en 1847 el número de vecinos sumaba 120, con 717 almas, que habitaban en «167 casas de inferior construcción», algunas menos de las censadas en 1751 cuando se cumplimenta el Catastro del Marqués de la Ensenada. Pero al finalizar el siglo se registra un ligero aumento demográfico puesto que en 1888 había 260 vecinos (1040 habitantes) que moraban en 250 edificios «agrupados en varias calles de escasa importancia, mediana forma y pobre aspecto».

    La actividad de estas gentes continúa centrada en la ganadería, fundamentalmente ganado lanar, cabrío y vacuno, actividad que se ve complementada con algo de agricultura de secano -trigo, centeno y cebada- a la que se añaden unos mínimos cultivos de regadío, sobre todo hortalizas, legumbres y frutales.

    Estas ocupaciones tradicionales se ven incrementadas con la abundante caza mayor y menor y la pesca de truchas y barbos de sus ríos y arroyos, a los que había que sumar las 200 palomas criadas en «hermosos palomares» a finales de siglo.

    Respecto a la industria, al finalizar el XIX, Rascafría contaba con los mismos establecimientos que a mediados de siglo, es decir una fábrica de papel con seis cilindros que tiraba unas 68 resmas diarias, aunque, al decir de Madoz, había que suspender la fabricación en verano durante dos meses a causa de la escasez de agua, dicha fábrica daba trabajo a 30 ó 40 operarios de ambos sexos; esta empresa no era otra que el antiguo molino perteneciente a El Paular, y que tras la desamortización paso a manos particulares.

    A esta actividad había que añadir otros tres molinos harineros, una fábrica de vidrio establecida en el propio monasterio tras la desamortización y varias serrerías, entre las que hay que reseñar la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular, fundada en 1855. El comercio estaba basado en la venta de los productos manufacturados en sus fábricas y de la pesca de sus numerosos arroyos, teniendo en cambio que comprar fuera del municipio los distintos productos agrícolas que en la localidad sólo se conseguían de forma insuficiente.

    El núcleo de población, a mediados del XIX, estaba compuesto por las 167 casas de «inferior construcción» ya mencionadas, una casa Ayuntamiento, una escuela de primeras letras común a ambos sexos y la iglesia de San Andrés; su estructura, como puede apreciarse en las hojas realizadas por la Junta General de Estadística, en 1892 responde a un casco muy concentrado, desarrollado de forma anárquica sin adaptarse a un trazado previo, y con numerosas calles en fondo de saco. Se encuentra articulado en torno al arroyo Artiñuelo en cuya margen izquierda se asienta, salvo el pequeño enclave del Barrio de la Costana, integrado fundamentalmente por pajares que se sitúa, junto con el cementerio en la margen derecha. Sus manzanas son de considerable tamaño y de forma irregular y en ellas se integran las viviendas propiamente dichas y las dependencias auxiliares características de los asentamientos agropecuarios, junto con los corrales delanteros, en donde se emplaza la leñera de gran tradición en la zona

    El tejido urbano muestra dos focos de interés claramente diferenciados, y situados ambos en el sector noreste del núcleo, el entorno de la iglesia y la zona de las plazas de la Villa y de España situadas próximas al arroyo y de espaldas a él, e interrelacionadas entre sí. A esta zona corresponden las manzanas de menores proporciones del núcleo, pudiendo tratarse de la parte más antigua del casco.

    La edificación conserva inalterables sus características agropecuarias hasta entrado el siglo XIX, en que comienza a ser sustituida por nuevas construcciones de carácter más urbano, como es el caso de la calle de la Reina, cuya edificación se renovó por completo durante este periodo; asimismo existen numerosos ejemplos de viviendas, tanto de tipología urbana como rural, y algunos pajares repartidos por todo el núcleo urbano que fueron construidos por esos años.

    A esta centuria corresponde también el antiguo cementerio, cuya capilla fue restaurada en 1985 por la Consejería de Ordenación del Territorio, Medio Ambiente y Vivienda de la Comunidad de Madrid.

    A lo largo de esta centuria la población de Rascafría permanece prácticamente estabilizada, con ligera tendencia a disminuir, ya que los 967 habitantes censados en 1900, cifra incluso inferior a los 1040 registrados a finales del XIX, sólo habían ascendido en 1970 a 1175 y en 1975 a pesar de la anexión del núcleo de Oteruelo, solamente se alcanzan 1218, bajando en 1980 a 1157; es decir la población incluso desciende respecto a la que se censaba 10 años atrás; en los últimos años en cambio, se aprecia una ligera recuperación demográfica.

    La propiedad se presenta bastante repartida, apareciendo las fincas muy compartimentadas, cerradas con cercas y arbolado, en los cuales se alternan los prados con el cereal y las hortalizas.

    En la actualidad pervive en el municipio, como reliquia de otras épocas, la figura de «las suertes», esto es, tierras que en los años posteriores a la Desamortización Municipal, llevada a cabo por Madoz, fueron adjudicadas por el Ayuntamiento a los vecinos de la villa mediante el sistema de venta o suerte para, de este modo, evitar en lo posible que cayeran en manos de gente de fuera del lugar; a tal efecto, el monte bajo se dividió en lotes que los vecinos se comprometían a roturar para su aprovechamiento. Asimismo existen fincas, procedentes también de las subastas llevadas a cabo tras la Desamortización Municipal que aún permanecen «pro in diviso», siendo de aprovechamiento común de los distintos propietarios.

    En cuanto a la industria se refiere, la actividad más importante continúa siendo la derivada de la explotación maderera; ya, a mediados de siglo contaba con tres serrerías, de las cuales, tal vez la más importante y de mayor tradición la compusiera las Serrerías Belgas de los Pinares de El Paular. A la industria de la madera había que sumar una fábrica de gafas, dos herrerías, una carpintería y cinco tahonas; por estos años ya había dejado de funcionar el antiguo molino de Los Batanes, desapareciendo su actividad a finales del XIX, cuando se canalizó y embalsó el río Lozoya para abastecer de agua a Madrid, dado lo insalubre que resultaba el uso de un agua a la que se incorporaban los vertidos industriales del molino.

    En lo que se refiere a la relación de esta parte de la sierra con la sociedad del momento surgen importantes cambios que cambiarán estas relaciones y el acercamiento de la ciudad a la sierra.

    A finales del siglo XIX comienza la progresiva supeditación de la montaña a las necesidades urbanas. El Canal de Isabel II organiza el espacio en función del abastecimiento de agua a Madrid. El control de los vertidos en la cabecera de cuenca constituye una preocupación fundamental. En la memoria de dicho organismo del año 1921 se señala la despoblación del Valle del Lozoya como forma más eficaz de evitar los vertidos, medida que se reconoce inviable.

    Por otra parte, la Sierra se configura como el espacio de ocio de los habitantes del municipio de Madrid. El Escorial y San Lorenzo, impulsados por la presencia de los reyes y la accesibilidad proporcionada por el ferrocarril, constituyen los primeros lugares de vacaciones para la burguesía a los que seguirían Miraflores y Rascafría. Una nueva concepción de la naturaleza, cuya expresión más significativa son las actividades que promueve la Institución Libre de Enseñanza en la Sierra, se desarrolla en el cambio de siglo.

    La popularización de los deportes de montaña y el “descubrimiento” del Guadarrama se desarrollan paralelamente: ascenso de Alfonso XII al Puerto del Reventón, instalación de un campamento de altura en el Puerto de Los Cotos por parte del Ejército, construcción del Tren eléctrico del Guadarrama, que une Cercedilla con Navacerrada (1920), primera travesía a nado de la Laguna de Peñalara (1928), etc.

    Este proceso culminará con la declaración en 1930 del Sitio Natural de Interés Nacional de la Cumbre, Circo y Lagunas de Peñalara (R.O. 30/09/1930). Ya entonces, en 1933, ciertos sectores abogaban por un Parque Nacional que abarcara toda la Sierra de Guadarrama. Posteriormente, en 1990 se declarará el Parque Natural de Peñalara.

    A partir de mediados de los 50, fecha en la que el Sistema Central alcanza su techo poblacional, comienza un abandono de la mayor parte de los usos y actividades tradicionales, excepto del lúdico, cuyo desarrollo ha sido más lento y tardío que en otras partes de la Sierra debido a la peor accesibilidad de la zona.

    En la actualidad una de las principales ocupaciones del municipio la proporciona el sector servicios, siendo dependiente del turismo, actividad que absorbe gran parte del mercado de trabajo de la villa. Le sigue en importancia la construcción, ligada también a la anterior; desplazada por estas nuevas ocupaciones pero gozando todavía de importancia, se sitúan a continuación el sector industrial y el agrario (fundamentalmente la ganadería).

    Respecto a la morfología del casco, aun conservando la trama tradicional, comienza a ser alterada en los primeros años del presente siglo, habiéndose renovado ya en los primeros años cuarenta las construcciones de la zona más próxima a la carretera M-604, donde comenzarán a aparecer los primeros chalets de veraneantes que convivían con las construcciones ganaderas tradicionales, que también por estos años empiezan a renovarse, construyéndose de nueva planta o remozándose bastantes de los antiguos pajares, si bien esta renovación se lleva a cabo siguiendo la más estricta tipología autóctona. A esta época corresponde el Barrio de los Cascajales, situado en el ensanche del núcleo, en la zona sur del pueblo, y formado por viviendas modestas de carácter urbano-rural, por lo general encaladas, que aparecen mezcladas con otras construcciones agropecuarias.

    En esta zona del ensanche se ubica también un bloque homogéneo de viviendas construido por Regiones Devastadas por esos años y cuyas características arquitectónicas no se ajustan a la tipología tradicional.

    A mediados del siglo XX las edificaciones censadas en Rascafría son «258 edificios destinados a vivienda y 41 a otros usos en compacto y tres a vivienda y cinco a otros usos y siete cuevas en diseminado».

    Casi coincidente en el tiempo con el ensanche del casco comienzan a surgir las primeras urbanizaciones contiguas al casco, siendo la primera de ellas Las Matillas; se trata de la urbanización más consolidada del municipio, que se encuentra situada al norte del núcleo y la forman parcelas de regular tamaño en las que se levantan viviendas unifamiliares aisladas construidas en distintos años, ya que junto a edificios datables en los años cuarenta y cincuenta aparecen otros de reciente fábrica. Posteriormente surgen el conjunto residencial Prado de la Torre; la urbanización Valle de El Paular, Los Navazos, en Oteruelo, y Los Grifos en la carretera M-611.

    Finalmente merece reseñar la evolución sufrida por el Barrio de la Costana, ubicado al otro lado del arroyo Artiñuelo y que en el siglo XIX constituía un núcleo separado del casco y formado casi exclusivamente por pajares y edificaciones auxiliares agropecuarias; pero poco a poco, ya en esta centuria, estas construcciones han sido sustituidas por otras de nueva planta dedicadas a vivienda, las cuales, unas veces se presentan como vivienda unifamiliar aislada con una parcela de jardín y otras como bloques de vivienda unifamiliar adosada sin ningún espacio adicional dentro de la parcela.

    Respecto a las realizaciones arquitectónicas llevadas a cabo en el siglo XX hay que destacar el Ayuntamiento, construido con anterioridad a 1915 para albergar además de la Casa Consistorial, una escuela de niños y otra para niñas;

    En cuanto a las obras de infraestructura realizadas en este siglo hay que destacar el puente de hierro sobre el Lozoya en la carretera de Miraflores; la presa del Pradillo, construida en los años cuarenta, y las fuentes situadas en el camino al Puerto de la Morcuera, una frente al refugio del Palancar y la otra, la Fuente Cossío, junto al albergue de la Morcuera en lo alto del Puerto, erigida en 1932 en honor del insigne pedagogo Manuel Bartolomé Cossío y restaurada en 1986.

    En cuanto a Oteruelo, pertenecía hasta 1833, como ya se ha indicado, al sexmo de Lozoya y provincia de Segovia, pasando a la de Madrid en esta fecha.

    La población, al igual que sucede en Rascafría, se mantiene sujeta al mero crecimiento vegetativo durante toda la centuria, pues los 37 vecinos (140 habitantes censados en 1827), a mediados de siglo pasan a ser 32 vecinos, equivalentes a 194 habitantes, que vivían en «26 casas de inferior construcción distribuidas en varias calles sin empedrar; al finalizar el siglo, al igual que en Rascafría la población había experimentado un ligero ascenso, llegando a registrarse «53 vecinos y 220 almas» que habitaban 50 edificios agrupados en calles «completamente descuidadas y sin empedrar».

    En nada difieren tampoco las tareas desempeñadas en el lugar respecto de las que se realizaban en Rascafría, siendo su principal fuente de ingresos la ganadería, que se veía suplementada con una escasa agricultura de subsistencia, y dos dehesas que producían abundantes pastos; a estas ocupaciones había que añadir una mínima actividad industrial, consistente casi exclusivamente en un molino harinero y una rudimentaria industria del carbón, el cual es exportado a la capital.

    A todo ello habría que sumar la riqueza cinegética del territorio y la abundante pesca de los numerosos arroyos; en cuanto a la actividad comercial, se encontraba reducida a la compraventa de artículos de primera necesidad. Al mediar el siglo el núcleo urbano estaba constituido, además de por las 28 edificaciones citadas, por una escuela de primeras letras y la Iglesia Parroquial.

    El primer documento gráfico conservado es el plano levantado en 1878 por la Junta General de Estadística; en él se aprecia un núcleo poco consolidado, formado por grandes manzanas que engloban en su interior, además de la edificación principal, que se sitúa en el borde de la parcela, extensos huertos cerrados con cercas.

    Presenta el casco una estructura lineal, desarrollándose en torno al eje de la calle Real, la cual se ensancha en el extremo oeste constituyendo sendas plazas, la de la Paz y la del Valle, las cuales configuran los únicos espacios significativos del núcleo.

    La edificación conservaba las características tipológicas prácticamente inalteradas, encuadrándose en su gran mayoría dentro del grupo de viviendas rurales de uso mixto residencial-agropecuario; existe también algún ejemplo de edificaciones urbano-rurales que presentan por lo general dos plantas más sobrado.

    En 1975 el municipio de Oteruelo desaparece al anexionarse al de Rascafría de cuyo término municipal pasa a formar parte desde esa fecha.

    Durante los años del siglo XX en que Oteruelo permanece independiente, su población continúa inalterable, contando hacia los años cincuenta con 208 habitantes que vivían de las ocupaciones tradicionales, fundamentalmente la ganadera, y de una mínima industria consistente en un molino maquilero, una tahona y la extracción de piedra.

    El núcleo lo formaban «65 edificaciones destinadas a vivienda y 127 a otros usos, en compacto y dos a vivienda y 5 a otros usos en diseminado», conservándose prácticamente intacto desde el punto de vista arquitectónico y urbanístico; pero en los últimos años, en cambio, se ha iniciado un proceso de degradación del tejido urbano, sustituyéndose las edificaciones tradicionales por edificios de nueva planta -en algunos casos bloques de pisos-, produciéndose con estos cambios la ruina o desaparición de los patios delanteros característicos de la zona.

    Entre las edificaciones realizadas en este periodo merecen reseñarse las escuelas, situadas en el borde norte del casco, junto a la carretera M-604, las cuales responden por completo al modelo arquitectónico adoptado por dicho organismo para este tipo de edificios. En la actualidad este edificio acoge a la Oficina del Parque Natural de Peñalara en Rascafría y a la Sala Permanente Luis Feito.

    El siglo XIX trae consigo una serie de acontecimientos adversos para la Cartuja que tienen como consecuencia su desaparición y abandono. El primero de éstos fue la supresión de las órdenes regulares llevada a cabo por José Bonaparte en 1808, la cual se llevó a efecto en El Paular el 24 de agosto del mismo año. Se personó en el monasterio una patrulla de franceses, al mando de un comandante que instó a la comunidad a que saliera del convento apoderándose de todo lo que éste poseía. En cumplimiento esta orden los frailes de El Paular tuvieron que abandonar el cenobio dispersándose por distintos lugares del territorio español; bastantes marcharon a las islas, en donde no se podían aplicar las leyes desamortizadoras, para continuar una vida contemplativa en la Cartuja de Mallorca; en 1814 vuelven a su antigua casa tras la revocación del decreto por parte de Fernando VII, quien unos años más tarde, en 1820, durante uno de sus gobiernos liberales suprime todas las cartujas excepto El Paular.

    Por otra parte, durante este tiempo la Cartuja no permanece al margen de la guerra, como lo demuestran algunos documentos fechados en 1820, los cuales indican que tanto los franceses como los guerrilleros irrumpieron varias veces en el monasterio exigiendo a los frailes que les fuera entregado todo cuanto se les antojaba.

    El fin sería en 1835, cuando el 11 de octubre se hace público el decreto de exclaustración y desamortización que provoca la salida de todos los monjes de sus conventos. Tras este decreto, el Estado vende el Monasterio de El Paular con todos sus tesoros, dejando así en manos de gentes poco conocedoras de los valores artísticos no solo un edificio de incalculable valor sino todo el legado artístico que durante siglos fueron acumulando los frailes.

    Tras estos hechos, Luis Ormalde y Pascual Abad adquieren diferentes bienes raíces que habían pertenecido a la Cartuja, entre los que cabe destacar la finca de Los Batanes, que comprendía 35 fanegas de pastos y arbolado, el antiguo molino de papel con su sistema de estanques y una sierra de agua con su casa contigua al dicho molino de Los Batanes; asimismo adquieren un estanque para pesca denominado de la Virgen de la Peña, un molino harinero con una piedra llamada de la Entrevilla, en el lugar de Oteruelo y que poseía una panera, un pajar, cocina y dependencias para depositar la harina y los granos y una buena presa y una casa en Rascafría, situada en el barrio de la Carnicería y que era conocida como la Casa del Cirujano.

    Por otra parte, el conjunto del convento con todas sus dependencias, es decir, hospedería, iglesia, claustro y casa de labor con huerta, que ocupaba 453.724 pies más 23 fanegas de la huerta fue tasado en 1.446.420 reales y vendido con fecha 4 de octubre de 1844 libre de cargas, quien en 1844 arrienda por diez años parte del edificio a un empresario para establecer en él una fábrica de vidrio, que comenzó a funcionar el uno de enero de 1845. Pero los numerosos problemas por los que atraviesa la empresa hacen que la sociedad cambie varias veces de socios, bien porque éstos vendían su parte o bien porque eran excluidos al no pagar lo que les correspondía, hasta que finalmente en diciembre de 1847 es vendido el edificio con todos los enseres de la fábrica a José Burgón y Luis Morales, vecinos de Aranjuez y Madrid respectivamente en 60.000 reales.

    Por estas fechas, 1849, Madoz nos informa que en la parte posterior del edificio y en la iglesia se hallaba instalada una fábrica de madera y en la hospedería la citada fábrica de vidrio, usándose el archivo del Monasterio como establo.

    Transcurrido algún tiempo el propietario de la finca, al que se le había impuesto como única condición, en el momento de su adquisición, la custodia del retablo, la sillería y la verja, se queja de que este gravamen le ocasionaba muchos perjuicios por lo que solicita del gobierno una compensación económica.

    Por estas fechas el estado del monumento era lamentable por lo que ante la reiterada petición de la Academia de Bellas Artes e intentando frenar la inminente ruina del inmueble es declarado Monumento Nacional por decreto de 27 de junio de 1876, adquiriendo el Estado parte del edificio por 60.000 duros.

    En 1909 se pierde la totalidad de la armadura de madera de la torre como consecuencia de un incendio provocado por la caída de un rayo, que afecta también a las cubiertas de la iglesia, cuyas bóvedas quedan desprotegidas y a la intemperie.

    Del estado en que quedó la edificación tras este desgraciado accidente nos da idea el escrito de Juan A. Mélida, de 1918, en donde se dice: «Hoy el monasterio es una ruina deplorable, como tantos otros a los cuales se concedió el título oficial de monumentos nacionales, sin que esta concesión signifique más que un «ornato» sobre papel de oficio y de ningún modo custodia del Estado… El Monasterio de El Paular se cae poco a poco o mucho a mucho…; varias familias veranean en las que fueron celdas dedicadas al recogimiento y la meditación».

    En los años veinte, concretamente en el periodo de 1923 a 1925, la administración lleva a cabo un plan de restauración a cargo del arquitecto Pedro Muguruza, el cual levanta los planos de todo el conjunto. Fueron muchas las voces que durante años se levantaron en contra de la dejadez del Estado hacia El Paular y el estado ruinoso de sus dependencias. A lo largo de los años se fueron haciendo reformas, pero no fueron suficientes para frenar el deterioro.

    Por aquel tiempo, la Academia de Bellas Artes patrocina un pensionado para paisajistas noveles, que durante los veranos se instalaban en lo que fuera la celda prioral aprovechando su estancia para pintar los temas que les brindaba el entorno, siendo condición obligada la realización de una obra inspirada en el propio monasterio.

    También es interesante reseñar el proyecto iniciado por el Estado en julio de 1936; en esta fecha se firma un documento por el cual se expropiaba toda la zona comprendida dentro de la cerca del siglo XVIII para establecer una universidad de verano, pero el comienzo de la Guerra Civil impidió la realización de la empresa.

    Finalmente, acabada la Contienda se inician nuevamente una serie de restauraciones, también a cargo del mencionado arquitecto Pedro Muguruza, que afectan a todo el conjunto. En 1948 se reconstruye la hospedería que los cartujos habían regentado en lo que con anterioridad fue el palacio de Enrique III, para convertirse en Parador Nacional de Turismo. Por otra parte, por decreto de 15 de enero de 1954, se entrega la cartuja en usufructo a los benedictinos, encomendando la restauración de las celdas a la Dirección General de Arquitectura; mientras tanto, los cinco benedictinos llegados de la abadía de Nuestra Señora de Valvanera, en Logroño, tuvieron que alojarse en el pueblo de Rascafría hasta que en 1957 pudieron establecerse en el monasterio.

    Sus trabajos, que contaron con la ayuda de la entidad “Amigos del Paular” (creada en 1957) hicieron posible que el convento pudiera recibir a sus moradores, que enseguida comenzaron su vida, apoyados en una pequeña industria de fabricación de los licores que han dado fama a la Orden y más tarde, en la fabricación de quesos que salían de la leche de las vacas del valle del Lozoya.

    Por estas fechas el Parador pasa a ser regentado por los benedictinos, reformándose en 1967 según proyecto del citado arquitecto José Manuel González Valcárcel, practicándose también un nuevo acceso para el monasterio independiente del de la hospedería. En 1971 ésta pasa a ser el hotel de lujo Santa María de El Paular, dependiente de la Empresa Nacional de Turismo, por la que es regentado, quedando dividido el monasterio en dos zonas completamente separadas, una dedicada al ocio y descanso de los visitantes y otra ocupada por el cenobio benedictino. En la actualidad el hotel no es parador nacional, estando gestionado por una cadena hotelera internacional.

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